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Sofía Subirán, el primer amor de Franco

 
LE ORDENO A USTED QUE ME QUIERA: EL AMOR SECRETO DE FRANCISCO FRANCO
de EMILIO RUIZ BARRACHINA
EDITORIAL LUMEN, S.A.
Encuadernación Cartone      192 páginas   14 x 21 cm.
Para comprar hacer click en la imagen
 
RESUMEN:
"Con decirle que el hombre que más hizo correr a Franco en esta vida fue mi padre"

Sofía Subirán, el primer amor de Franco

El escritor Emilio Ruiz Barrachina narra la pasión oculta del dictador por una joven de origen cubano

En 1913, Franco, entonces Paquito, se enamoró de ella en Melilla. La historia se truncó, pero ahora vuelve con el libro «Le ordeno a usted que me quiera» (Lumen).

Javier Ors - Madrid.-

El Caudillo también tenía su corazoncito. Claro que aún no era el Generalísimo ni siquiera «¡Franco!». Era Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Baamonde (la h se la intercaló Carmen Polo más tarde para sacarle brillo al apellido), más conocido por sus compañeros como Franquito o Paquito, un teniente gallego de voz aflautada y sombra más corta que larga. Llegó a Melilla para conquistar honor, medallas y todo la berbería que le permitiera el moro traidor y levantisco, y quedó prendado de un amor inesperado que le quedó de postal, pero un poco más modoso que los tórridos romances del señor Paul Bowles.
   No tenía aún muchos años cuando llegó a Melilla un 12 de marzo de 1912 como segundo teniente. La figura estilizada; el uniforme, ceñido, y la mirada, abierta. Apenas una semana después es destinado al Regimiento de Infantería África y participa en la campaña de Kert, por la que recibe su primera condecoración, aunque los anales de la memoria no guarden ninguna mención especial de aquella trifulca africana.
   
De acento cubano. Engolado con su Cruz del Mérito Militar, se encaminó a la ciudad. Y si Dante encontró en Florencia a Beatriz, pues Franco se tropezó con el amor en Melilla. Concretamente, en el Casino Militar, a finales de ese mismo 1912. Su nombre: Sofía Subirán. Hija de militar, Sofía nació en Cuba el 6 de abril de 1897. Un año más tarde sus padres dejaron la isla antillana, y la familia vivió en Málaga y en las Islas Canarias antes de llegar a Melilla, pero la joven conservaría el acento cubano, según cuenta el autor, toda la vida.
   El escritor Emilio Ruiz Barrachina narra la biografía de este encuentro en «Le ordeno a usted que me quiera. El amor secreto de Francisco Franco» (Lumen), donde cuenta cómo el futuro dictador –aún sin avenidas dedicadas a su gloria ni caballos de bronce rampando en las plazas– fue una vez joven y cómo, también, le dieron, como usualmente se dice, calabazas. Eso sí, el arrebato de aquella indisciplinada y nada castrense pasión dejó un reguero de postales –casi todas retratos de chicas hermosas con la mirada perdida y la sonrisa lánguida– que anunciaban, en una prosa tan enjuta como marcial, sus intenciones.
   Sofía descubriría años más tarde, imaginamos que con cierta perplejidad, que aquel pretendiente «patosillo» era la cabeza del alzamiento. El autor, meticuloso en la recreación del episodio, recoge valiosos testimonios: «Eran un suplicio los pa- seos por el parque Hernández a media tarde con Paquito acechando detrás de los árboles». Más adelante, ella reconoce: «Sea como fuere, a mis padres no les gustaba verlo a mi lado (...).Y si de lejos veía que se acercaba mi padre, yo le decía: “¡Por Dios, Paquito, corre que viene mi padre!”. Y él echaba a correr como un gamo. Salía disparado. ¡Ni que le persiguieran los rojos!
Con decirle que el hombre que más hizo correr a Franco en esta vida fue mi padre». Un comandante de Infantería que apodaba al que habría de ser el futuro Comandante en Jefe de todos los ejércitos «el tenientillo».
   Sofía revela que su pretendiente tenía más coraje para las hazañas militares que para otras. Entonces, África ofrecía posibilidades de lograr rápidos ascensos. De lo que no cabe duda es de que lo que Franco ganaba en el frente, lo perdía en retaguardia, como admite la misma Sofía cuando reuerda que el futuro general nunca la sacó a bailar: «Era muy patosillo el pobrecillo. Prefería que hablásemos todo el rato. Pero a mí me aburría un poco, sinceramente».
   Los sentimientos de ella, por si alguien tuviera dudas, fueron siempre claros: «Yo era muy joven, la más joven de todas las primitas. Pero, juventud aparte (...), a mí Franco no me gustaba. Si me hubiera gustado no hubiera dudado en que él lo comprendiera de algún modo, pero no». Por aquel entonces, Sofía tenía 15 años, Franco, 21. Ella, cuenta Ruiz Barrachina, no lo rechaza abiertamente, pero tampoco le da esperanzas, «juega con Paquito a templar y destemplar la cuerda». Años más tarde, contará una anciana Sofía: «Yo sólo tenía 15 años y a Paquito, que no debía de tener muchos más, 20 o así, no se le ocurre otra cosa que intentar enamorarme... ¿Qué iba a saber yo a esa edad de amores?». La joven Sofía, ante el capote que le tiende una prima en una tarde de paseo, asegura: «Quererle, lo que se dice quererle, no le quiero. Me cae simpático, nada más... Eso que lo he intentado, en serio, he intentado quererle un poquito... pero nada... Es que es muy atento y muy galante y me da pena decirle que no quiero verle. El chico no se parece a los otros, que no hacen más que jugarse la soldada, pelear y emborracharse».
   
«El que espera, desespera». A pesar de no contar con el favor de la familia, el joven militar mostró el carácter y el tesón que le hizo famoso en las contiendas. «Recordándola muchísimo y sintiendo la calma con que pasa el tiempo se despide de usted, y le quiere», escribió en una ocasión Franco. Y en otra misiva: «El que espera desespera Sofía y yo espero». Ella admitiría tiempo después: «Las postales que me enviaba me gustaban mucho. Eran muy bonitas. A veces se ponía un poco pesado con esto de insistir para que le contestara, pero en general era muy fino y educado». El juego terminó en junio de 1913. Franco se despediría de ella. En 1917 conocería a Carmen Polo, con la que se casaría. Según el autor, Sofía Subirán se sorprendería mucho después cuando vio que aquella mujer que Paquito tomaba por esposa se parecía tanto a ella.
   Aun así, Sofía fue una señora, como se decía antiguamente, hasta su muerte, en 1985, a los 88 años. Cuenta Carlos Valverde, en el prólogo del libro, que «la pobre, quizá quiso quedarse para ella sola su secreto por no ofender a doña Carmen Polo, la otra, la siguiente, la de toda la vida». Pero Ruiz Barrachina logra que le confiese parte de esa verdad que, añade el prologuista, «es de todos». Y todo a partir de las 32 cartas que salieron a subasta, las que Sofía no había roto tras la boda de Franco y que conservó en una cajita. De esa historia surgió una novela en 2004, «No te olvides de matarme», teatralizada en varias ciudades españolas el año pasado. Después, el volumen ahora publicado.

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